Una novela premiada, un detector de inteligencia artificial y una acusación que ha sacudido el mundo editorial. El caso del escritor peruano abre un debate sobre la autoría, la tecnología, la responsabilidad periodística y los límites del juicio público.
En julio de 2026, el escritor peruano David Silva Rojas obtuvo el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, dotado con 20.000 euros, por su obra Donde el agua trabaja.
La novela fue seleccionada entre 2.204 manuscritos procedentes de 22 países. El jurado estaba integrado por tres reconocidas escritoras latinoamericanas: Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, que eligieron la obra por unanimidad.
La historia aborda las condiciones laborales de las personas que trabajan en los campos agrícolas de Ica, en Perú. Su protagonista es una joven que abandona su comunidad para trabajar temporalmente en una explotación agrícola, donde experimenta situaciones de explotación, vulnerabilidad y deshumanización.
Silva Rojas, abogado e investigador nacido en Ica, explicó que la novela surgió de un trabajo de investigación sobre las condiciones de vida de los trabajadores agrícolas. Su intención era trasladar al terreno literario las experiencias humanas que un informe académico no podía expresar por completo.
El jurado destacó especialmente el lenguaje contenido, las frases breves y el uso de los silencios.
Sin embargo, apenas unos meses después de recibir el reconocimiento, el escritor pasó de ser un autor prácticamente desconocido para buena parte del público literario a protagonizar una controversia internacional.
El 23 de octubre de 2026, el periódico español El País publicó una investigación que atribuía a la inteligencia artificial el 99 % del texto de Donde el agua trabaja, según los resultados obtenidos con Pangram, un programa de detección de textos generados mediante IA.
El reportaje estaba firmado por tres periodistas:
Jordi Pérez Colomé, periodista especializado en tecnología y cultura digital.
Elizabeth Duval, escritora, filósofa y periodista.
Kiko Llaneras, periodista especializado en datos y análisis estadístico.
Según el análisis publicado posteriormente por elDiario.es, la primera sospecha surgió de una intuición de Elizabeth Duval, que observó determinados patrones lingüísticos en los textos del escritor. A partir de esa sospecha se realizaron las comprobaciones con el detector.
También se había difundido previamente en la red social X una alerta del usuario @IguanaLectora, que aseguraba haber obtenido un resultado del 100 % de texto generado por IA al analizar la novela con una versión anterior de Pangram.
Es importante distinguir a los periodistas que publicaron la investigación de los creadores del programa utilizado. Pangram fue fundado por Max Spero y Bradley Emi. Estos últimos desarrollaron la herramienta, pero no fueron los periodistas responsables de la publicación.
La investigación periodística amplió posteriormente sus comprobaciones a otros textos del autor.
Los resultados publicados por El País señalaron tres datos principales:
El 99 % del contenido de la novela fue clasificado por Pangram como texto generado por inteligencia artificial.
El 97 % de las respuestas escritas por Silva Rojas en una entrevista con la revista argentina Ulrica también fue clasificado como generado por IA.
Un texto en primera persona sobre el origen de la novela, publicado por el autor en la página de la Fundación Ventosa-Arrufat, obtuvo un resultado del 80 %.
Los periodistas consideraron que estos resultados, obtenidos sobre textos diferentes, reforzaban sus sospechas.
Hay una precisión técnica importante: el 99 % no significa que exista una probabilidad matemática del 99 % de que el escritor haya cometido fraude. Es el porcentaje de contenido que el programa clasificó como generado por IA, al dividir el texto en fragmentos y analizar sus características.
Los investigadores también señalaron que la novela utilizaba frases extremadamente cortas, con una media aproximada de cinco palabras por oración, frente a unas dieciséis palabras en otros textos del autor.
Silva Rojas había explicado que su estilo estaba influido por el haiku japonés y por su formación literaria en Japón.
Los periodistas reconocieron que Pangram no es infalible y que los falsos positivos existen, aunque señalaron que las pruebas realizadas con el programa mostraban porcentajes de error muy reducidos.
Por tanto, el resultado constituye un indicio que merece ser investigado, pero todavía es necesario establecer cómo se produjo realmente el proceso de escritura.
Cuatro días después de la publicación de la investigación, el 27 de octubre, David Silva Rojas difundió un comunicado desde Ica, Perú.
En él rechazó expresamente las acusaciones:
«Soy el autor de Donde el agua trabaja. Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla».
El escritor explicó que la obra nació de una investigación sobre las condiciones de vida y trabajo de las personas que se desplazan hasta Ica para trabajar en el sector agrícola.
Según su relato, mientras transcribía las entrevistas comenzó a escribir fragmentos en primera persona, construyendo una voz narrativa que reunía experiencias y sensaciones de las personas entrevistadas.
También explicó que conservaba:
Versiones anteriores del manuscrito.
Cuadernos de notas.
Documentación relacionada con la investigación.
Distintas versiones del texto elaboradas en Word.
El autor manifestó su disposición a entregar estos materiales a la editorial para que pudiera examinar su proceso creativo.
Su argumento principal es que los resultados de una herramienta automática no deberían considerarse una prueba definitiva de autoría sin analizar otros elementos y documentación.
La editorial mexicana Almadía y la Fundación Ventosa-Arrufat anunciaron una revisión detallada del caso.
Su primera reacción fue de sorpresa. Según el comunicado difundido por Almadía, ni el jurado ni el equipo editorial habían detectado indicios que les hicieran sospechar que la novela estuviera escrita mediante inteligencia artificial.
La editorial también afirmó que el escritor había firmado una declaración contractual en la que aseguraba no haber utilizado estas herramientas y que se lo había confirmado personalmente.
Almadía señaló que no tenía elementos para desconfiar de su palabra, pero consideró necesario investigar lo sucedido sin anticipar conclusiones.
Como consecuencia inmediata, suspendió las presentaciones que estaban previstas en Madrid, Barcelona, Sevilla y Cádiz.
El reconocimiento económico y la publicación de la obra quedaron bajo la atención pública mientras se desarrollaba la revisión.
Una de las voces más relevantes en esta controversia es la de Sheila Queralt, lingüista forense y profesora de la Universitat de Lleida.
En declaraciones a elDiario.es, Queralt cuestionó que se pudiera atribuir la autoría artificial de una novela utilizando únicamente un detector.
Su argumento es que actualmente ninguna herramienta ofrece una fiabilidad absoluta para determinar si un libro ha sido escrito mediante inteligencia artificial.
Considera necesario combinar diferentes procedimientos: análisis lingüístico cualitativo, examen del contexto, documentación del proceso de escritura y testimonio del autor.
Además, recuerda que los detectores pueden comportarse de manera diferente dependiendo del idioma, el género literario y las características del texto.
Su posición no demuestra que Silva Rojas haya escrito personalmente cada palabra de su novela, pero sí cuestiona que el resultado de un único programa pueda convertirse en una conclusión definitiva.
También encontramos otras voces que han cuestionado públicamente el procedimiento empleado.
Dahlia de la Cerda, escritora mexicana, sostuvo que un resultado del 99 % de un detector no constituye una prueba concluyente de autoría. Propuso examinar los borradores, las versiones anteriores y los registros del proceso creativo.
Brenda Navarro, escritora mexicana, planteó otra pregunta relevante: ¿quién examina a Pangram y quién verifica la fiabilidad de sus resultados?
Por su parte, Juan Francisco García, periodista de la revista colombiana CAMBIO, publicó una entrevista presencial con Silva Rojas realizada a comienzos de octubre, antes de que estallara la polémica.
García explicó que confiaba en la palabra del escritor y manifestó que la novela le seguía pareciendo una obra literaria de gran fuerza. Su valoración procede de su experiencia personal como entrevistador y lector, no de un análisis técnico de autoría.
Estas posiciones coinciden en reclamar que las investigaciones se apoyen en pruebas documentales y procedimientos contrastables.
La otra posición tampoco debe ignorarse.
Los resultados de Pangram no se limitaron a la novela. El programa también identificó porcentajes elevados en otros dos textos atribuidos al escritor.
Además, los investigadores de El País defendieron que la versión 4.1 de Pangram había mejorado notablemente respecto a los detectores anteriores.
En su explicación técnica, citaron estudios y pruebas en los que los falsos positivos eran muy reducidos. El profesor de literatura Steven Mollmann había recopilado 17 estudios con 49 falsos positivos entre 36.282 textos humanos, según los datos difundidos por el periódico.
Desde esta perspectiva, los resultados de Pangram no deberían descartarse simplemente porque se trate de una novela literaria o porque el autor niegue haber utilizado IA.
Otra intervención colectiva fue una carta publicada el 28 de octubre en El País, firmada por escritores como Liliana Colanzi, Mariana Enríquez, Edmundo Paz Soldán, Juan Villoro, Bernardo Esquinca y otros autores.
Los firmantes defendieron la trayectoria de Almadía, su independencia editorial y el cuidado de su catálogo. La carta no constituye una investigación sobre el manuscrito ni demuestra que Silva Rojas haya cometido una irregularidad. Expresa, sobre todo, un respaldo a la editorial.
La controversia ha puesto bajo examen a los propios sistemas de detección.
En una investigación publicada por la revista WIRED el 26 de octubre, se explicaba que Pangram afirmaba tener una tasa de falsos positivos del 0,0026 % en español.
Sin embargo, esa cifra procedía de pruebas realizadas por la empresa con contenidos de internet y no demostraba necesariamente el mismo comportamiento ante novelas completas escritas originalmente en español.
También se recordaba un estudio publicado en 2025 por Sheila Queralt y otros investigadores, que analizó 180 textos en español mediante tres detectores diferentes: Originality.ai, GPTZero y Copyleaks.
Los resultados mostraron errores de clasificación, especialmente en textos híbridos, es decir, aquellos que combinaban escritura humana y artificial.
Pangram no participó en ese estudio, por lo que sus resultados no pueden trasladarse directamente a esta herramienta. No obstante, la investigación demuestra que la detección automática presenta dificultades metodológicas que deben tenerse en cuenta.
La cuestión es importante para cualquier escritor, investigador, periodista o estudiante: una clasificación informática puede aportar indicios, pero no sustituye por sí sola una investigación completa sobre la autoría.
A fecha de 3 de noviembre de 2026, la información pública disponible no recoge una resolución definitiva de la investigación anunciada por Almadía.
La situación puede resumirse en cuatro puntos:
David Silva Rojas continúa negando haber utilizado inteligencia artificial para escribir o revisar la novela.
El autor ha ofrecido sus borradores, cuadernos y documentación para reconstruir el proceso creativo.
La editorial mantiene suspendidas las actividades de presentación de la obra mientras realiza las comprobaciones anunciadas.
No se ha publicado una resolución definitiva que confirme el incumplimiento de las bases del concurso ni que declare definitivamente despejadas todas las dudas.
Por tanto, el caso permanece abierto.
Tampoco se ha comunicado públicamente la retirada definitiva del premio.
El desenlace dependerá, en buena medida, de la revisión documental y técnica que realice la editorial y de la posibilidad de reconstruir el proceso de escritura.
El caso de David Silva Rojas plantea una cuestión que trasciende la discusión sobre la inteligencia artificial.
Vivimos en una sociedad donde la información circula a gran velocidad y donde una acusación puede alcanzar una repercusión extraordinaria antes de que las instituciones hayan terminado de investigar.
Un periódico de gran difusión, una herramienta tecnológica y determinadas voces con influencia en el mundo cultural pueden situar a un escritor en el centro de una controversia internacional. Sin embargo, no todos los autores disponen de la misma capacidad para responder, defender su trayectoria o conseguir que una rectificación alcance la misma audiencia que la acusación inicial.
David Silva Rojas era un autor relativamente desconocido para el gran público antes de obtener este premio. Su primera novela publicada había sido seleccionada por un jurado de reconocido prestigio, pero su nombre pasó a ocupar los titulares internacionales por una sospecha sobre su autoría.
No se trata de cuestionar el derecho de los periodistas a investigar ni de impedir que las editoriales protejan la integridad de sus concursos. Tampoco de conceder inmunidad a ningún escritor frente a posibles irregularidades.
Se trata de exigir que las acusaciones estén respaldadas por pruebas suficientes, que el investigado tenga la oportunidad de defenderse y que quienes difunden información asuman la responsabilidad de sus afirmaciones.
La expresión «linchamiento mediático» puede resultar contundente, pero nos obliga a reflexionar sobre un peligro real: cuando la capacidad de acusar y difundir es mucho mayor que la capacidad de defenderse, la presunción de inocencia puede quedar relegada por la fuerza de la exposición pública.
La literatura necesita honestidad, pero también necesita libertad, diversidad de voces y oportunidades para quienes todavía no ocupan un lugar destacado en el panorama editorial.
Una sospecha merece ser investigada; una acusación exige pruebas y una condena pública no debería preceder nunca a la verdad.
Porque, al final, la cuestión no es únicamente si una máquina puede escribir una novela o reconocer sus propios patrones. La cuestión también es quién tiene autoridad para decidir quién es un escritor y quién deja de serlo.
Quisiera terminar este artículo con una apreciación personal. Es la primera vez que escucho hablar de David Silva Rojas y de su obra Donde el agua trabaja. Me parece positivo que sigan surgiendo nuevos escritores latinoamericanos y que sus obras encuentren espacios de reconocimiento y difusión más allá de sus países de origen.
Sin embargo, más allá de la controversia sobre la autoría, la creación y el proceso de edición de la novela, hay un aspecto que ha despertado especialmente mi interés: su temática. Al conocer el argumento y descubrir que aborda las condiciones laborales de quienes trabajan en los campos agrícolas de Ica, en Perú, he sentido curiosidad por acercarme a esta historia. Se trata de una realidad que no me resulta del todo ajena y sobre la que existen experiencias humanas que merecen ser contadas, escuchadas y, sobre todo, conocidas. Al fin y al cabo, estas historias también forman parte de nuestra realidad social y nos invitan a mirar más allá de nuestro entorno cotidiano.
Por esa razón, y más allá de la polémica que rodea actualmente al escritor, me he interesado en adquirir y leer esta obra. Quizá lo que más me atrae sea precisamente la posibilidad de descubrir, a través de la literatura, una realidad social que merece mayor atención.
David Silva Rojas sigue siendo, al menos para mí, un autor hasta ahora desconocido. Pero una obra no debería quedar reducida únicamente a la controversia que la rodea. También merece ser leída, examinada y valorada por sus lectores.
© Perspectivas de Luces y Sombras | 2026
Investigación y seguimiento periodístico
El País, 23 de octubre de 2026: La novela premiada «Donde el agua trabaja» está escrita por IA al 99 %, según el detector Pangram.
El País, 27 de octubre de 2026: David Silva Rojas defiende que su novela no está escrita por IA.
El País, 27 de octubre de 2026: ¿Una IA puede detectar si otra ha escrito una novela? El caso Pangram.
elDiario.es, 30 de octubre de 2026: En el caso del escritor acusado de usar IA, lo importante no es si usó la IA.
CAMBIO, 27 de octubre de 2026: Entrevista presencial a David Silva Rojas.
Especialistas y debate tecnológico
elDiario.es, 31 de octubre de 2026: Detectar un libro escrito con IA, el desafío que los expertos consideran imposible.
WIRED, 26 de octubre de 2026: El caso Almadía pone bajo la lupa a los detectores de IA.
Sheila Queralt y otros investigadores, 2025: ¿IA, humano o híbrido? Fiabilidad de herramientas de detección de IA en textos multiautoría.
Opiniones y posiciones del sector editorial
LA NACION, 24 de octubre de 2026: Polémica por la novela premiada y las opiniones de escritores latinoamericanos.
El País, 28 de octubre de 2026: Sobre los 20 años de edición independiente de Almadía y los retos de la IA.
El Comercio (Perú), 27 de octubre de 2026: David Silva Rojas niega haber utilizado IA para escribir su novela.
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Nota editorial: Para la elaboración y edición de esta publicación se han utilizado herramientas de inteligencia artificial como apoyo en la revisión, corrección y organización del texto.